Tendría en realidad
que estar completamente solo en este
mundo, yo, Steiner, y ningún otro
ser viviente. Sin sol, sin
cultura, sólo yo desnudo en una
roca alta, sin tormenta,
sin nieve, sin calles,
sin bancos, sin dinero,
sin tiempo y sin respiro.
Entonces, quizás, no volvería
a sentir miedo nunca más.


[...] Me obsesionan los momentos extraños y extremos de las personas. Tengo predilección por los personajes outsiders; me aburre mucho la gente normal. Admito que en la novela hay algo de misantropía. Yo adoro a Bukowski; él me cayó en un momento en que estaba en cuarto año de Ingeniería y laburaba en un taller metalúrgico donde me agarré una escoliosis. Lo leía a Bukowski y sentía el odio al patrón, hacia un estilo de vida que te jode mucho. Me gusta del viejo la certeza de que nadie vale dos mangos. Me siento muy identificado con él, aunque mi vida es mucho más aburrida que la que vivió Bukowski. Los momentos más lindos de mi vida son cuando estoy solo, leyendo o escribiendo. No le tengo mucho cariño a la especie. En ese sentido soy un misántropo.
–¿Siente que no vale la pena ninguno de los personajes?
–Tiendo a dividir a la gente en interesante o no interesante, y estos personajes son interesantes de seguir. El tema es que casi todo el mundo, seguido de cerca, es moralmente repugnante. Un libro que me impresionó mucho es El extranjero, de Camus, porque no hay juicio moral. ¿Qué tienen que andar diciendo quién es malo y quién es bueno? Además, creo que alguien que hace un juicio moral te está choreando. Fui a muchas manifestaciones de milicos para curiosear. Tenía la sensación de que me estaba moviendo entre monstruos. Veía las caras y me preguntaba qué habrían hecho. El juicio moral es tan de base que ya sé qué son. Sí, son enemigos, pero me parecen muchos más peligrosos los tipos normales. Alejandro Biondini, a quien le leo la página, Panteón de los héroes, está re bosta de la cabeza y tan chalado que para mi vida es mucho más peligroso el rabino Bergman o Susana Giménez.
Pero sin embargo se puede juzgar, porque, como he dicho, se elige frente a los otros, y uno se elige a sí frente a los otros. Ante todo se puede juzgar (y éste no es, quizás, un juicio de valor, pero es un juicio lógico) que ciertas elecciones están fundadas en el error y otras en la verdad. Se puede juzgar a un hombre diciendo que es de mala fe. Si hemos definido la situación del hombre como una elección libre, sin excusas y sin ayuda, todo hombre que se refugia detrás de la excusa de sus pasiones, todo hombre que inventa un determinismo, es un hombre de mala fe.

Cavafis (frag.)

Cuanto puedas
Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
por contacto excesivo
con el mundo que agita movedizas palabras.

Gatillo alegre

Si el manejo de la ametralladora resulta muy preciso por parte de los hombres de San Justo, deja bastante que desear en otros lugares de la provincia.
El 13 de septiembre de 1967, por ejemplo, al agente Serafín Borda de la primera de Lomas de Zamora se le escapaba una ráfaga que dio muerte a María Luisa Rodríguez de Wingandt, cuya única culpa fue pasar a su lado.
Dos días más tarde el agente caminero Gernetti persiguiendo por la ruta 2 a un automóvil que marchaba a velocidad excesiva, hizo un disparo de "advertencia". La advertencia entró por la espalda del ingeniero Luis Augusto Galli, profesor universitario.
Por la misma fecha los cabos Páez y Blas, de Lomas del Mirador, metralleta en mano, obligaban a arrodillarse en la vereda a dos peatones. Cuando la madre de uno de ellos, Rosa Grande de Dante, quiso intervenir, se "escapó" una ráfaga que la hirió de gravedad. "Un episodio que no resiste al análisis desde ningún punto de vista", editorializó La Nación.
El 29 de enero de este año un forcejeo entre el agente Ayala, de Olivos, y un presunto delincuente juvenil motivó que se "escapara" otra ráfaga, que hirió al transeúnte Carlos Romero, de 16 años.
De "penoso" calificaron los diarios el hecho en que el oficial Gardelín, que al parecer buscaba un delincuente, ametralló de noche una casa de Lomas de Zamora. Detrás de la puerta recibió la ráfaga una mujer embarazada: María Elena Dama.
Otro disparo de "advertencia" efectuado por el vigilante Díaz Berastegui al intervenir en una riña familiar en González Chávez puso fin, el 25 de abril, a la vida de Felipe Belén.
Para entonces ya se había producido el hecho cumbre en esta cadena de episodios: el ametrallamiento en Florida de los menores Seijo y Rodríguez Fontán, por una patrulla que encabezaba el oficial Araujo, ya procesado por su intervención en el asesinato de Felipe Valiese.
A primera vista, un torpe accidente más. ¿Lo es realmente?

(Agamben, vida)

Iván Illich observó que la noción corriente de vida (no “una vida”, sino “la vida” en general) es percibida como un “hecho científico”, que ya no tiene relación alguna con la experiencia del viviente singular. Tiene algo de anónimo y genérico, que puede designar en cada caso un espermatozoide, una persona, una abeja, una célula, un oso, un embrión. De este “hecho científico”, tan genérico que la ciencia ha renunciado a definirlo, la Iglesia ha hecho el último receptáculo de lo sagrado y la bioética, el término clave de su impotente repertorio de banalidades. De cualquier manera, “vida” tiene hoy más que ver con la supervivencia que con la vitalidad o la forma de vida del individuo.
Famoso se volvió el pichi Dorio. Lo habían dado de baja los de su batallón cuando vieron unos helados y los taparon con la nieve: como él faltó ese día —porque se había ido con los pichis— lo dieron por muerto y hasta avisaron al regimiento. Dorio era uno de los pichis que iban a la playa, juntaban huevos de pingüino y rastreaban en la rompiente buscando restos de naufragios ingleses. En esos botes de naufragios se conseguían cosas útiles: raciones inglesas —más frescas, más sabrosas—, herramientas, abrigos y hasta agua pura en latas.
Volvían de la playa con Rubione y García. Se habían juntado los tres para desarmar un bote y venían cargados de cosas cuando pasaron por unas carpas abandonadas en el borde de la estancia de Percy. Era bastante oscuro, apenas se distinguía la forma de las carpas y caminaban muy tranquilos cuando escucharon gritos y puteadas.
Se acercaron despacio, sin hacer ruido, para ver quién andaba por ese campamento ya olvidado, y oyeron la voz de un oficial que estaba gritando y amenazando a alguien.
Frente al tipo, en el suelo, a la luz de una linterna caída, había un soldadito. Era un chico escuálido. Parecía no tener ni la edad de conscripto y lloraba. El capitán gritaba:
—¡Diga, que es un británico hijo de puta! ¡Dígalo diez veces!
Y el chico recitaba:
—Soy un británico, soy un británico hijo de puta…
—¡Más veces, diga! —ladraba el oficial.
Y el chico repetía, con la voz cortada por el miedo y el frío.
—¡Béseme las botas cagadas! ¡Soldado! —mandaba el perro.
Y el chico se arrastraba por la luz de la linterna y lloraba y le besaba las botas.
A todos les dio asco. Asco, rabia, todo eso. El tipo ahora amenazaba:
—A ver: ¡chúpeme la pija! ¡Soldado! —y se soltaba la bragueta con la izquierda mientras seguía apretando la Browning en su derecha.
Entonces vieron que Dorio tiraba las bolsas a la nieve y se le iba de atrás al oficial, justo cuando el soldado estaba por empezar a arrodillarse, muerto de miedo, temblando, y oyeron la explosión, o el tiro: un ruidito.
Sonó muy suave, como una veintidós, y le pegó en la espalda al tipo, porque se vio que soltaba la pistola con desgano y apenas se tambaleó, antes de darse vuelta, como mirando qué pasaba.
Entonces el soldadito escapó hacia un médano que había ahí cerca y se perdió en la oscuridad, mientras los otros pichis notaban una cosita verde en la espalda del gabán del milico, una manchita que iba creciendo y que el hijo de puta no supo qué era, porque seguía buscando dónde estaba el que le había tirado.
—¡Qué pasa! —gritaba el hijo de mil putas sin entender.
Pero los pichis sí entendieron y Rubione codeaba entusiasmado a García para que viera cómo la lucecita verde pegada en el gabán empezaba a crecer, y se diera cuenta de que Dorio le había tirado con una de esas bengalas de auxilio de los botes ingleses.
Dorio, para entonces, se había escapado y los llamaba desde el médano. Ellos corrieron dándose vuelta, porque no querían dejar de ver cómo la luz verde crecía, se volvía grande como un plato, después se hizo como toda la espalda, y después fue todo el cuerpo, la cabeza y los brazos del hijo de remil putas que aullaba y hacía señas como de auxilio. Ellos se quedaron un buen rato en el médano mirando cómo se revolcaba por el suelo mientras el aire les llevaba un olor a carne quemada, que parecía asado en mezcla con humo de cohete.
Cuando Rubione bajó del médano para robarse la linterna que había quedado prendida cerca del fuego verde, vio que por donde se había arrastrado el oficial queriéndose apagar, había nada más un montón de cenizas calientes, que cuando alguna de las rachas del viento frío de aquella noche les soplaba por encima, largaban un chisporroteo verdoso.
Uno —suelo pensar— se alegra de que sucedan estas cosas.
El soldadito nunca apareció. Les hubiera gustado llevarlo para los pichis. Parece que había reconocido a Dorio, porque había sido de su batallón, y que anduvo después por el pueblo contando que lo había salvado un pichi muerto —el pichi Dorio—, al que se le hizo fama de quemar con rayos verdes de bajo tierra a todos los degenerados que por entonces empezaban a abundar.
Y siempre que moría o desaparecía un hijo de puta, se le echaba la culpa al pichi Dorio, el milagroso.
Si el chico aquél no se murió y vive en alguna parte, todavía hoy debe creer que vio una aparición y el recuerdo de aquello verde saltando y arrastrándose nunca se le va a ir de la cabeza, porque esas cosas, de la cabeza, en una vida, no se borran así nomá
(Pichiciegos)

Los dormidos seguían dormidos o despiertos en el suelo, con sueño, cocinándose al calor. No sabían cuándo iba a ser el fin ni cómo iba a ser el fin y tampoco sabían que en esos días estaban asistiendo al final. El último día, alrededor de la Pichicera, pasaban más procesiones de muchachos y de oficiales disfrazados de muchachos yendo a entregarse. Todos llevaban su papelito. Algunos se apartaban de la fila para mear, otros se apartaban de la fila para hurgar entre los restos de alguna batalla o de un bombardeo, buscando un muerto para quitarle la pistola, la Uzi, o el fusil ya oxidado. Siempre con miedo, recelando con miedo hasta de los cadáveres y de los perros mansos que habían vuelto a acercarse a la zona. A veces pasaba un Harrier y les soltaba una bomba experimental. Las estarían probando para otras guerras, porque ésa, según cualquiera de las radios, estaba terminada. Venía la bomba sin silbar y cincuenta metros antes de tocar el suelo explotaba y soltaba miles de cablecitos de acero trenzado. Los cables tenían tres puntas. Habría que haber traído uno aquí. En cada punta, de unos sesenta centímetros, tenían soldada una bola de metal del tamaño de un huevo de gallina. Los cables, por la explosión, salían girando locos con las bolas dando miles de vueltas en el aire, y así bajaban despacio —caían despacio—, pero eso era para confundir, porque así como eran de lentos para caer los cables, eran de rápidos en el girar y por ese girar mismo era que iban bajando lentos.
A algunos les pegaban en la nuca y morían secos del golpe. A otros les estrangulaban las piernas y se caían, para recibir después, boca arriba, la nube de gelatina quemante que también se había soltado de la bomba. A otros les agarraba el cuello, les enredaba cables en el cuello con casco, bayoneta y todo, y en ese lugar quedaban con los ojos saltados y la cara violeta pegada contra el fusil. Al rato de caer la bomba, la cola de rendidos se volvía a formar con la mitad de hombres y oficiales que antes. Quedaban en el suelo los cuerpos, las ropas deshechas, algunos quemados y todos con el guante derecho crispado alrededor del papelito con el contrato de rendición, como si fuera entrada intransferible para el gran teatro de los muertos. 


(Sugerencias Chimamanda Ngozi Adichie)

Enséñale a cuestionarse el uso selectivo que hace nuestra cultura de la biología como «razón» para las normas sociales.
Conozco a una mujer yoruba, casada con un igbo, que estando preñada de su primer hijo se puso a pensar nombres para el bebé. Todos eran igbos.
«¿Tus hijos no deberían llevar nombres yoruba, ya que su apellido será igbo?», le pregunté, y me respondió: «Un hijo pertenece primero al padre. Así debe ser».
A menudo empleamos la biología para explicar los privilegios que disfrutan los hombres, la razón más argüida es la superioridad física masculina. Por supuesto, es cierto que en general los hombres son más fuertes físicamente que las mujeres. Pero si de verdad basáramos las normas sociales en la biología, entonces los niños tendrían que identificarse por la madre en lugar de por el padre porque, cuando nacen, el progenitor que conocemos biológica e incontrovertiblemente es la madre. Aceptamos que el padre es quien dice la madre. Me pregunto cuántos linajes en el mundo no son biológicos.
Para muchas mujeres igbo, el condicionamiento es tan absoluto que piensan en sus hijos como si solo fueran del padre. Conozco a mujeres que han abandonado un mal matrimonio a las que no se ha «permitido» llevarse a sus hijos o ni tan siquiera verlos porque estos pertenecen al padre.
También empleamos la biología evolutiva para explicar la promiscuidad masculina, pero no la femenina, incluso a pesar de que existe una lógica evolutiva en el hecho de que las mujeres tengan numerosos compañeros sexuales: cuanto mayor sea el acervo genético, mayores serán las oportunidades de parir hijos que crecerán sanos.
Así pues, enseña a Chizalum que la biología es una materia interesante y fascinante, pero que no debe aceptarla como justificación de la norma social. Porque las normas sociales las crean los seres humanos y no hay ninguna norma social que no pueda cambiarse.


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Enséñale a que no haga universales sus principios y experiencias. Enséñale que sus principios son solo para ella, no para los demás. Existe solo una humildad necesaria: comprender que la diferencia es normal.

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Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa. La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda. Esta es reemplazada progresivamente por una forma de atención por completo distinta, la hiperatención. Esta atención dispersa se caracteriza por un acelerado cambio de foco entre diferentes tareas, fuentes de información y procesos. Dada, además, su escasa tolerancia al hastío, tampoco admite aquel aburrimiento profundo que sería de cierta importancia para un proceso creativo. Walter Benjamin llama al aburrimiento profundo «el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia».Según él, si el sueño constituye el punto máximo de la relajación corporal, el aburrimiento profundo corresponde al punto álgido de la relajación espiritual. La pura agitación no genera nada nuevo. Reproduce y acelera lo ya existente. Benjamin lamenta que estos nidos del tiempo y el sosiego del pájaro de sueño desaparezcan progresivamente. Ya no se «teje ni se hila». Expone que el aburrimiento es «un paño cálido y gris formado por dentro con la seda más ardiente y coloreada», en el que «nos envolvemos al soñar». En «los arabescos de su forro nos encontramos entonces en casa». A su parecer, sin relajación se pierde el «don de la escucha» y la «comunidad que escucha» desaparece. A esta se le opone diametralmente nuestra comunidad activa. «El don de la escucha» se basa justo en la capacidad de una profunda y contemplativa atención, a la cual al ego hiperactivo ya no tiene acceso.