Estos miserables ven resplandecer los tesoros del tirano, admiran boquiabiertos su esplendor y, atraídos a su vez por su magnificencia, se aproximan a él sin caer en la cuenta de que se meten en la llama que inexorablemente los consumirá. 
Los médicos dicen que es inútil intentar curar llagas incurables, y quizá por eso no actúe yo con sensatez al intentar hacer reflexionar a aquellos que han perdido desde hace mucho tiempo todo conocimiento y ya no sienten el mal que los aflige, pues eso confirma que su enfermedad es mortal. Procuremos descubrir, no obstante, si podemos, cómo se arraiga esa pertinaz voluntad de servir que podría dejarnos suponer que, en efecto, el amor a la libertad no es un hecho natural.
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio,
o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas
de sus días y sus noches.
De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar
ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con
qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas
telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:
“El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto,
etc., etc.”
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de
trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de
literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la
violencia de un “ cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “ que los
eunucos bufen” .
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente
a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora,
hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero... mientras
escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará: “El amor
brujo” y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.
Me dedico a eliminar, ante todo, lugares comunes, imágenes convencionales o cristalizadas del lenguaje. Lo que me guía a la hora de revisar lo que escribo es la idea de que cada palabra debe ser ubicada en el lugar que la estaba esperando. Tengo la intuición de que hay un lugar del poema que está esperando una palabra determinada, y entonces la busco. Por otra parte, intento que el verso, sea corto o largo, nunca pierda fluidez, así es que estoy atento a todo aquello que pueda entorpecer esa condición. De todos modos, no querría abundar en esta dirección porque podría dar la sensación de que estamos hablando de una gran obra y se trata sólo de mis poemas. En general, soy perfectamente consciente de mis errores, lo que nunca lograré del todo es saber cómo evitarlos. (JOG)

Lo único que estoy pidiéndome a mí mismo, lo único que he comenzado a pedirme y aun a exigirme, es la acción; tanto la acción de este tipo —escribir modestamente dos carillas— como la salida al mundo exterior, aunque sea caminar dos o tres cuadras para comprar cigarrillos. Debo luchar contra las fobias y contra la inmovilidad, la pasividad, sobre todo porque detrás de esta pasividad se oculta una poderosa fuerza destructiva. Sería preferible que rompiera objetos, que hiciera cualquier cosa antes que continuar en un estado insensato de espera, durante el cual nada se va a resolver, y yo voy a seguir acumulando frustración y rabia. La rabia ya no está dirigida hacia nadie en particular, salvo, creo, yo mismo. Si bien las circunstancias son un cúmulo de desastres y de situaciones desagradables, mi mala respuesta a las mismas —lenta, torpe, insegura— sólo consigue agravar esas circunstancias y complicar aún más la posibilidad de soluciones.