Welcome to New York

Dos párrafos sobre la nueva película de Abel Ferrara


Lo hizo de nuevo. Ferrara volvió a sus preocupaciones esenciales: el sexo (es un experto en filmar este tipo de escenas, incluso a pesar del elenco de turno), la redención —o no—, los excesos, la oscuridad. Welcome to New York (2014) narra la historia del señor Devereaux (un Gérard Depardieu impresionante), un poderoso funcionario con chances de ser el futuro presidente de Francia. Devereaux es un adicto al sexo, al igual que Dominique Strauss-Kahn, el ex-presidente del FMI, en quien está basada la película (párrafo aparte para las demenciales reacciones del propio Strauss-Kahn y su entorno). 

Devereaux es acusado de violar a una empleada del hotel en el que se hospeda en New York, tal como le pasó al viejo Strauss. Sin embargo, lejos de ser una biografía del ex-funcionario del FMI, Ferrara toma esta estructura específica porque es la ideal para plantear una serie de temas recurrentes en su filmografía. Eso es lo que sucede en esta película: se parte de un hecho real como una excusa para proponer una serie de cuestiones centrales. Ferrara habla del capitalismo, del machismo, de la cosificación, del dinero, dejando al caso judicial en un segundo plano, como si fuera éste sólo una consecuencia de un entramado más impresionante, más profundo, más cotidiano.  




Jauja

Apuntes sobre la última película de Lisandro Alonso




Si bien sigue presente ese dejar transcurrir que caracteriza al cine de Alonso, hay ciertos mecanismos narrativos que cambiaron, y en lo que respecta al argumento y las interpretaciones, me animo a decir que Jauja es un paso adelante en su carrera. Lo primero que hay que decir de Jauja es que no tiene absolutamente nada de más. El guion (co-escrito entre Alonso y Fabián Casas) no tiene desperdicio. Hay líneas que te hacen tambalear el cerebro, y eso también es gracias a cierta atmósfera estratégica que la película va generando: planos temporalmente largos, estáticos, sin diálogos y, a veces, sin personajes. 

La película juega mucho con la banda sonora y la puesta en escena. En ese sentido, una de las líneas que se podría explotar en un posible análisis, podría ser la cuestión del hombre ante la naturaleza, la inmensidad de lo enorme contra una pequeñez no admitida del ser humano en épocas donde éste parecía llevarse por delante al mundo. Encima hay tiros y una danesa hermosa en plena Conquista del desierto (no se hace explícito nunca, pero creo que está claro); hay indígenas y un comandante que, dicen, se viste de mujer; también hay perros y un palacio en Dinamarca. 

Influencias. Me fue imposible mirarla y no entablar coordenadas referenciales a cada momento. Lynch, Bergman, Borges y, sobre todo, Favio. El final denota cierta influencia lyncheana, mientras que Bergman parece asomar todo el tiempo: los planos del océano o de las rocas, por ejemplo; en ese sentido es inevitable pensar en El séptimo sello (1957), como mínimo. Y Favio hace lo mismo, sobre todo en una escena que me pareció muy parecida a una de Nazareno Cruz y el lobo (1975). 

A gran parte del público la pareció "difícil", tediosa, aburrida, pretenciosa. No importa nada de eso. Lo importante es que te hace pensar, te obliga a involucrarte, a salir del cine en silencio, sin ganas de hablar con nadie, con ganas de entender algo, cualquier cosa, y lo curioso es que quizá no importe demasiado qué es lo que hay que descifrar. Salir del cine dudando es una de las buenas maneras de salir del cine.




La voz extraña

por Fabián Casas


para Edmundo Bejarano

Acabo de cumplir cuarenta y cuatro años y desde los diez que escribo. Al principio escribía historietas que también dibujaba y que armaba en unas hojas de papel que mi papá me compraba en una cartonería que estaba en frente de mi casa. Mi papá compraba el papel y mi padrino —que vivía con nosotros en una casa inmensa y pobre— cortaba las largas hojas hasta que estas quedaban del tamaño de una revista. Ahora se habla mucho sobre el futuro del libro, si va a mudar definitivamente hasta convertirse en una pura realidad virtual. Los chicos que nacen con internet pueden acumular toda la obra de Tolstoi en un pequeño archivo. Y leerla en sus computadoras. Sin embargo, me cuesta creer que vamos a poder dejar de tocar el papel, de olerlo. De conservar un libro en el abrigo. Cuando mi mamá enfermó y murió en un hospital de la obra social de mi viejo, yo paseaba por los pasillos con una edición pocket de Trópico de Cáncer. Como una petaca, lo tenía en el bolsillo de mi sobretodo. Eran los años ochenta y algunos jóvenes usábamos sobretodos negros y zapatones negros. En medio de esos días tan desgraciados, sacaba el libro y le empinaba un trago. La voz de Miller me daba fuerzas. Aún sé de memoria ese comienzo increíble: No tengo ni dinero ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, pensaba que era un artista, ya no lo pienso, yo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. No hay más libros que escribir. ¿Entonces esto qué es? No es un libro. Es un líbelo, una difamación. Es un prolongado insulto, en escupitajo arrojado a la cara del arte, un puntapié en el culo de Dios, del hombre, del destino, del tiempo, del amor, de la belleza… La voz extraña que le había dictado esos poemas tan increíbles a Rimbaud volvía a hablar en la boca de un expatriado frenético que a los cuarenta años se rebelaba ante el cliché que es nuestra vida.

Uno nace e inmediatamente es arrullado o conmovido por la voz de nuestros mayores, por la voz cansada de los locutores de tv y la voz matutina de nuestros maestros. Pero, paralelo a estos sonidos, se engendra otro tipo de diálogo. Hay alguien hablándonos desde los comienzos de los tiempos, pero pocas veces intercepta nuestros destinos. Cuando eso sucede, el mundo se convierte en un lugar oscuro y peligroso, donde también está la salvación.

A esto, que voy a llamar la Voz Extraña, no se lo puede definir, pero se lo reconoce. Tiene las características de la poesía. Y a veces se la puede aislar del cuchicheo incesante de nuestro ego. Desde que nos levantamos hasta que nos dormimos, la máquina se pone en marcha y se activa nuestro diálogo interno. Ese diálogo construye el mundo en el que vivimos. Nos dice quiénes somos, qué cosas tenemos que conseguir y trata de que lo sigamos al pie de la letra. Quiere que seamos lo que todos esperan que seamos, y que nos reproduzcamos y listo. Una vez conseguido esto, nos abandona con las cuentas impagas y el matrimonio en el horno. Es la Voluntad ciega que está acá sólo para seguir estando y nos hace muy desdichados. Nos hace esclavos.

Cuando escribo algo, tengo como mínimo dos sensaciones: una, que es algo escrito por mí, que me satisface y me representa. Tengo, después un largo tiempo haciéndolo, cierto oficio. Cualquiera adquiere una habilidad si se empecina en eso. El periodismo, por ejemplo, es puro oficio. Pero resulta que uno siente que el escritor debe ir siempre en contra de su habilidad. De manera que esos textos que parecen tan redondos y buenos son en realidad falsos amigos. Así que los dejo de lado o los intervengo hasta que escapan a mi control y empiezan a drenar la voz extraña. Entonces los relatos o los poemas me empiezan a dar vergüenza ajena, incertidumbre y todas esas sensaciones con las que es más difícil convivir. Ahí sé que —más allá de los logros— estoy, como quería Kerouac, en el camino.

Vladimir Nabokov decía que la literatura empezó un día en que un pastor entró en la aldea gritando que venía el lobo, sabiendo que eso no era verdad. Es una buena definición pero está sostenida en un registro moral que me molesta. Asocia la literatura a la mentira. Un libro de ensayos de Vargas Llosa sobre autores que lo conmovieron se llama La verdad de las mentiras. Sigue en la misma línea de flotación. Hace muchos años volví del colegio y le dije a mi madre que había un chico con unas orejas de burro ortopédicas. Mi mamá me dijo que era porque no estudiaba. Todavía hoy recuerdo la cara de ese chico que nunca existió. Tenía pelo marrón, dientes grandes, un guardapolvo que le quedaba apretado y estaba de pie en la puerta de entrada del Martina Silva de Gurruchaga, justo donde pegaba el sol. Le brillaba el armazón de metal que sostenía las orejas de burro inmensas, que eran de piel. Como ustedes comprobarán, yo no estaba mintiendo: simplemente, como en la Edad Media, como muchos otros chicos del mundo, tenía visiones. Antes de aprender a leer, ya tenía revistas de Batman. Estaban editadas por la editorial mexicana Novaro. Recuerdo una especial en la que en la tapa Batman se posaba por encima de una gran claraboya de vidrio. Debajo, mirándolo asustado, estaba el Guasón. De la boca de Batman salía un globo blanco de texto. Creo que pasé tardes larguísimas imaginando qué le estaba diciendo al Joker. Aún hoy, cuando voy al Parque Rivadavia a buscar libros viejos, me fijo entre esas revistas mexicanas que ahora son material de coleccionista, para ver si doy con la dichosa tapa. Poco antes de terminar la primaria me pasé las mañanas viendo un programa donde el mago Fantasio realizaba trucos en vivo, en un estudio repleto de chicos. Tenía un truco especial que me volvía loco. Juntaba chicos que seleccionaba del público y los ponía a sus costados. Acto seguido, decía, ahora voy a pesar 200 kilos. Y se tiraba al piso y los chicos no lo podían ni sostener ni levantar. Repetía esto varias veces pero bajando cada vez más de peso, hasta que decía: ahora voy a pesar 20 kilos y cuando se tiraba al piso, los chicos no sólo lo sostenían sino que lo hacían flamear. Le pedí a mi papá que me comprara la caja de trucos de Fantasio, pero el Gran Truco no estaba. Podías hacer desaparecer un pañuelo, fingir que cortabas un dedo y lo volvías a poner en el mismo lugar, pero nada del Gran Truco. Pasaron algunos años y coincidí en la colonia de vacaciones con un chico que había sostenido a Fantasio en el programa. Me lo comentó mientras nos cambiábamos en el vestuario para entrar a la pileta. Le pregunté, impaciente y nervioso, si todo estaba arreglado con el mago, eso de tirarse y no sostenerlo, etc. Él me dijo: No. Era increíble. ¡De pronto el tipo no pesaba nada! Eso me mató. Sentí que en algún lugar había una estafa, pero que era en realidad encantadora. Ese mismo poder de extrañeza encontré después en la literatura.

No quiero decir que esto sea la Voz Extraña, ya que nadie sabe qué es. Pero sí que ese estado de encantamiento le es propio, la propicia. Es imposible que todos esos tipos hayan entrado a Troya en el caballo de madera como si nada, pero la imagen es poderosísima y sin duda habla de algo que pasó hace mucho tiempo y que es funcional al costado más inquietante de nuestra humanidad. Quiero decir que hay cosas que suceden en el mundo y hay cosas que sólo pasan en el espíritu. Y el Espíritu, como todos sabemos, sopla donde quiere.

Esta cualidad del Espíritu de elegir a quien se le cante para ser su intérprete, no es un hecho que debamos tomar a la ligera. Es un lugar común suponer que los llamados artistas o locos son los que suelen tener una visión especial del mundo. Esto no es así. Puede haber artistas que hayan sufrido por una aguda sensibilidad, pero lo cierto es que la Voz Extraña le toca a cualquiera. Veamos algo que escribió León Bloy: No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero nombre en el registro de la luz…. De manera que encontrarse con la Voz Extraña no es como respirar sino como ser respirado. No la podemos llamar, pero si podemos propiciarla vaciando nuestro canal. ¿Cómo se hace esto? Bajando el ego hasta el mínimo, liberándonos de los apegos que nos esclavizan y volviéndonos inaccesibles. Hay que buscar el equilibrio, no la inteligencia. Y todo esto se logra con disciplina. Sé que estas palabras suenan a la basura de la autoayuda, pero no puedo expresarme mejor y les pido disculpas. Tal vez deba pasar de nuevo de lo abstracto a lo concreto.

La cruza entre el pensamiento hindú y chino se dio en el siglo I después de Cristo por medio de las enseñanzas budistas. Como resultado de esas dos modalidades surgió el Budismo Zen. El Budismo Zen llegó al barrio de Boedo de la mano del padre del Japonés Uzu, quien vino a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. El Japonés Uzu iba al colegio conmigo y no se llamaba Uzu sino Kimitake Hiraoke, pero todos, vaya uno a saber por qué, le decíamos Uzu. La llegada de la familia Uzu fue por escalas. Primero vino el padre para inspeccionar el lugar y ver si podía probar suerte. Lo ayudó la comunidad japonesa y rápidamente pudo ponerse una tintorería. En Osaka, su lugar de origen, tenían una bicicletería. Cuando Uzu, el hermano y su madre arribaron al aeropuerto de Ezeiza, los sorprendió que el hombre que los estaba esperando fuera melenudo, un beatle japonés. Estoy tratando de pasar desapercibido, de parecerme a ellos, les dijo el padre para tranquilizarlos. El padre era cultor del zen y solía relatarle historias de ese tipo al japonés Uzu. Ya en el colegio, él nos la contaba a nosotros. De esta manera, nacía el Boedismo Zen. Uzu solía decir estupideces de este tipo: Antes de encontrar mi camino, yo era el camino. O relataba las andanzas de Bokuden, un samurai cultor del arte de la no espada. En el secundario armamos un equipo de fútbol que se llamó Boedo Juniors y que salió campeón del torneo de la parroquia Santa Amelia. Uzu jugaba de delantero, era grandote, veloz y difícil de marcar. Antes de entrar a la cancha, nos instruía en Boedismo Zen. Esa era la charla técnica. Con el tiempo, al igual que el padre, se dejó crecer el pelo y se hizo plomo de una banda de heavy metal. Una noche iba con un amigo en un auto y alguien en otro auto los empezó a perseguir. Nunca se pudo saber por qué el perseguidor empezó a tirar tiros y uno rompió el vidrio trasero del coche y entró por la cintura de Uzu y salió por el abdomen. Lo partió al medio. Igual sobrevivió, pero este hecho dividió su vida en un antes y un después. Dejó la banda de metal, se cortó el pelo y se puso a estudiar filosofía. Ahora da clases sobre Deleuze en la universidad. Creo que lo importante no es lo que dicen los protagonistas, sino lo que dicen los trazos de las vidas de los protagonistas. Samuel Taylor Coleridge estaba soñando el poema de la construcción del palacio del Kubla Kan en un día de verano de 1797. Hasta que un hombre venido de una localidad cercana lo despertó. Coleridge perdió el hilo del poema que la Voz Extraña le había estado transmitiendo, pero con lo que recordó publicó unos cincuenta versos rimados. Más que el fragmento lírico que dejó para la historia, me gustan las circunstancias en las que se desarrolló la escritura. La Voz Extraña suele hacer karaoke con nuestros destinos.



Publicado originalmente en Bonk.com.ar y luego en Horla City y otros. Toda la poesía 1990-2010 (Emecé).

Teólogo en la ventana

Joaquín Giannuzzi




Este cerrado dolor de cabeza
causado por la presión del mundo visible
reclama un significado.
Pero la visión de la calle desde mi ventana
solo ofrece alternativas de una apariencia dislocada
hecha de fragmentos trémulos, colores dudosos
y un sufrimiento de cosa oscuramente mezclada
consigo misma.
¿Qué materia desean los ojos y que no pueden ver?
No esta especie de traición a lo largo del pavimento,
la naturaleza criminal que revelan los automóviles,
el taciturno rumor de los objetos manufacturados,
la vacilante verdad de la muchedumbre hacia el ocaso,
los asuntos de esta terrible sociedad que se aplasta al
planeta.
¿Cuál es la relación de esta escena con el otro orden?
La divinidad está aquí por delegación sombría.
Hay un millón de ventanas y cada una padece
su teólogo fracasado ante la única realidad posible
con su correspondiente dolor de cabeza al anochecer.

Sobre la «inseguridad» en Sarandí


1. Hace varios meses que Sarandí viene siendo víctima de lo que comúnmente se denomina «inseguridad». Ya dejó de escucharse el «le robaron al amigo de un amigo» y pasamos directamente al «me robaron el celular», «a mi vieja le partieron la nariz para sacarle cien mangos» y postulados por el estilo (y aun más graves). Esa es la realidad y ya no existe quien la niegue. Se hizo tan evidente y real que ni los más necios se atreven a desmentirlo. Pasamos directamente de «enterarnos»  de tal o cual robo a ser los desgraciados protagonistas.

2. Hablar y debatir sobre delincuentes y derechos humanos es un tema complicado, ya que existen muchísimas personas que afirman que la culpa es de «esos negros a los que no les importa nada y te matan por dos pesos». Se realizan marchas y manifestaciones de todo tipo exigiendo más policías y más cámaras de seguridad. Se exige más mano dura. El problema de este tipo de posiciones radica no sólo en su pronunciada discriminación sino también en un análisis absolutamente superficial de una realidad que, aunque les pese, resulta mucho más compleja de lo que pretenden; no se trata de los malos robándole a los buenos: se trata de años y años de descomposición social y cultural, de años y años de mentiras y políticas nefastas que, en cierto sentido, nos convierten a todos en víctimas: el que es robado y el que roba están más o menos en el mismo lugar. (Plantear esto no significa suprimir responsabilidades: las personas pueden ser buenas o malas, pueden lastimarte o matarte sólo para robar tu miserable salario, y el hacerse cargo de tal o cual acción aparecería, en este sentido, como lo necesario. Pero para hablar de esto hay que traer, como mínimo, a Sartre.)

3. Por otro lado, están aquellas personas que son las que discuten contra ese discurso derechoso que pide mano dura; por lo general, al menos en Sarandí, vienen del palo del kirchnerismo. Siempre es lindo y placentero gritarle cosas feas al gorilaje y a la derecha, y en eso estoy de acuerdo. Pero el problema empieza cuando, levantando la bandera de lo que se piensa como una década ganada, se peca de hipocresía. En cada discusión se nombra a Cristina, a la Asignación Universal por Hijo, a las placitas que Ferraresi pintó de verde, y no se discute lo que realmente se debe discutir: por qué, si nuestros representantes son tan buenos y sus medidas tan populares, se llega a esta ola prolongada de robos violentos (que ha terminado en heridas graves e incluso muertes) en una zona donde, si bien siempre estuvo lejos de ser paradisíaca, se podía caminar relativamente tranquilo. Lejos de complejizar seriamente sobre esto, se habla del poder mediático o de las escuelas pintadas y se sigue esquivando lo importante. El choque de estas dos posiciones no le hace nada bien al debate que hay que dar. Se transforma en una lucha encarnizada entre dos posiciones que parecen salidas de una tribuna de hinchas de algún equipo de fútbol.

4. Esta capacidad de evadir lo importante y quedarse siempre en el análisis superficial, no hace más que darle de comer a los principales culpables de esta situación: la Policía y los contactos políticos que tiene como apoyo. Los unos dicen que no hay los suficientes efectivos o patrulleros o que hacen falta cámaras de seguridad. Los otros les contestan, con razón, que desde hace un par de años a esta fecha la cantidad de efectivos y patrulleros y cámaras de seguridad aumentó bastante, incluso llegando a crearse el proyecto de la Policía Municipal de Avellaneda. Es decir: un opositor exige mano dura y un oficialista infla el pecho enumerándole los logros en ese sentido. Así de absurda es la discusión que se está dando en Sarandí, mientras no se habla realmente ni de una zona liberada ni de responsabilidades políticas concretas.

La casa de papel

Sobre el libro de Carlos Domínguez




Me llegó a través de un amigo con el que siempre intercambiamos libros y opiniones. Vino de la mano de Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin, el plato principal. Sospecho que las breves setenta páginas de La casa de papel me sedujeron, y comencé a leer esta novela corta de Carlos María Domínguez (de quien no conocía absolutamente nada), relegando a un segundo lugar al libro de cuentos de Schweblin. Inconscientemente o no, la idea de dejar lo mejor para el final se hizo presente.

Ahora, después de haber leído La casa de papel, puedo dudar de dicho postulado. En algún sentido, busqué encontrarme con un relato simpático, entretenido, pero no mucho más. Sin embargo, me encontré con un Domínguez (Carlos, no Claudio) que escribe de manera sutil, aunque en el fino límite entre la simplicidad y la complejidad sintáctica, con una sencillez admirable —incluso cuando hace uso de metáforas no tan amenas—, una historia que representa algo más que entretenimiento y simpatía.

La casa de papel habla de libros y, sobre todo, de bibliófilos. En una época donde el soporte digital intenta aterrizar de lleno sobre el formato tradicional, la lectura de esta novela corta resulta interesante, quizá necesaria. La historia, que empieza en Inglaterra pero se mueve entre México, Argentina y Uruguay, trata sobre el fetichismo bibliófilo, la necesidad y el placer de tener siempre con nosotros eso que en algún momento nos marcó, pero quizá nunca volvamos a tocar: un libro (ese libro). Alrededor de estas manías, puede suceder que un libro se convierta en asesino o en hogar, puede suceder que te dé la cuota de razón que te falta o puede que te vuelva loco.

«A menudo es más difícil deshacerse de un libro que obtenerlo. Se adhieren con un pacto de necesidad y olvido, tal como si fueran testigos de un momento en nuestras vidas al que no regresaremos. Pero mientras permanezcan ahí, creemos sumarlos. He visto que muchos fechan el día, el mes y el año de la lectura; trazan un discreto calendario. Otros escriben su nombre en la primera página, antes de prestarlos, anotan en una agenda al destinatario y le añaden la fecha. He visto tomos sellados, como los de las bibliotecas públicas, o con una delicada tarjeta del propietario deslizada en su interior. Nadie quiere extraviar un libro. Preferimos perder un anillo, un reloj, el paraguas, que el libro cuyas páginas ya no leeremos pero conservan, en la sonoridad de su título, una antigua y tal vez perdida emoción.»[1]
«Las relaciones de la humanidad con estos objetos resistentes, capaces de atravesar un siglo, dos, veinte, vencer si se quiere, la arena del tiempo, nunca fueron inocentes. Han adherido a la fibra de la madera, blanda e inquebrantable, una vocación humana.»[2]


Es inevitable pensar en Fahrenheit 451. Sin ánimo de esbozar una comparación entre las obras, me arriesgaría a decir que leer La casa de papel sería algo así como leer la novela de Bradbury pero en diagonal (o al revés), alternando fuego y cemento, destrucción y construcción, amor y censura. Recomendarla no cuesta nada, y por eso la recomiendo: porque se ha ganado de manera legítima un lugar de respeto entre la literatura rioplatense.




[1] Domínguez, Carlos María, La casa papel, Buenos Aires: Punto de lectura (2007), p. 16.
[2] Ibíd., p. 56.

Pessoa a mordiscones II


Entre yo y la vida hay un vidrio tenue. Por más nítidamente que yo vea y comprenda la vida, yo no la puedo tocar. ¿Razonar mi tristeza? ¿Para qué si el raciocinio es un esfuerzo? y quien está triste no puede esforzarse. Ni siquiera abdico de aquellos gestos banales de la vida de los que yo tanto querría abdicar. Abdicar es un esfuerzo, y yo no poseo el alma con que esforzarme […] La (mi) vida es como si me golpeasen con ella.

Pessoa a mordiscones




Nunca he encarado el suicidio como una solución, porque odio a la vida por amor a ella. Me ha llevado tiempo convencerme de este lamentable equívoco en que vivo conmigo mismo. Convencido de él, me he quedado desazonado, lo que siempre me sucede cuando me convenzo de algo, porque el convencimiento es en mí, siempre, la pérdida de una ilusión.


Que los maten a todos: el mundial ya terminó


1. Este mundial, como todos los mundiales, dio para todo. Están las personas que piensan que alentar por una selección de jugadores de fútbol arbitrariamente elegidos por un entrenador arbitrariamente elegido por Grondona y su séquito —los principales responsables de la masacre y la tristeza en la que se ha convertido el fútbol argentino— es hacerle honor a la patria. Están las que piensan que aquellas personas que no entran en la euforia de la argentinidad son la peor mierda del mundo. Están las que piensan que el partido final era algo así como los negros contra los rubios. Bueno, algo un poco ridículo. Están las que dicen que la culpa la tuvo el referí, que Codesal volvió en forma italiana para cagarle la vida al pueblo argentino, que es siempre el blanco a destruir en cada mundial. Están aquellas a las que el miedo a que las tilden de gorilas o de elitistas las conduce a sentir cierta necesidad de pertenecer al sentimiento popular y, no importa cómo ni de qué manera, se sumergen en las aguas de las mayorías. Allá ellas.

2. Por suerte, el mundial terminó y el 80% va a dejar de hablar de “fútbol”, si es que en algún momento lo hicieron. La selección, dentro de sus limitaciones, hizo un buen torneo. Llegó a la final y eso no es poca cosa. Conceptualmente jugó un fútbol mezquino y aburrido, un fútbol conservador. Ya sé, lo de siempre: el fútbol del mundial es fútbol para la gilada. No alcanza con eso, o porque todo el fútbol es para la gilada —un nosotros que da miedo— o porque el de Alemania no lo fue. Tanto esta Alemania como la España de los últimos años tienen un ineludible punto en común: Pep Guardiola. Aquella selección española se basó en el Barcelona. Esta Alemania se basó en el Bayern Múnich. Las dos jugaron el mismo estilo: posesión, buscar —siempre que estén dadas las condiciones— las asociaciones colectivas, las triangulaciones. Alemania, como aquella España, jugó al fútbol. Ganó jugando al fútbol. Ganó porque quiso ganar, porque no especuló, porque confió en sus principios deportivos, porque fue fiel a una idea y no a un mero conglomerado de buenos jugadores en busca de un resultado aislado. Ganó el juego asociado, el balón por el piso, el arriesgar: ganó la noción olvidada de jugar

3. Se terminó todo (por suerte): el putear a los brasileros, a los uruguayos, a los chilenos, a los alemanes, a cualquier otra persona que no sea argentina apoyándonos en una sola idea: la artificialidad: creer que compartimos la misma sangre, la misma tierra, los mismos códigos, los mismos valores. La artificialidad de creer que a toda esa anterior artificialidad la puede representar un grupo de millonarios que ni siquiera juega al fútbol en Argentina. Terminó, y todas las personas vuelven a la normalidad: algunas rechazarán los insultos homofóbicos como lo hacen cuando es necesario aparentar alguna que otra cuestión; otras volverán a rechazar los cantos xenofóbicos; y las demás volverán a su ordinario lugar desde el cual justifican todo a través del “folclore”. Es así, lamentablemente, como funciona esto: volvemos a la normalidad, suprimimos la ficción: se volverá a pedir, como se ha hecho siempre que hubo lugar, que los maten a todos.

Hasta aquí todo va bien

Sobre El odio de Mathieu Kassovitz




El odio (La haine, 1995) es una película específica; y por específica, universal. Pero cabe una aclaración: no pretende dar consejos ni realiza valoraciones morales de ningún tipo. No está a favor de la violencia, pero tampoco está en contra. La película de Kassovitz, en ese sentido, no se sumerge en afirmaciones baratas. 






La relación entre el odio y el ser humano es una relación que tiene como condición necesaria a la sociedad: es una relación cultural. Lejos de entender la relación humano-odio en términos biologicistas, en La haine vemos una búsqueda que se plantea, desde el principio, sincera: partimos, junto con la película, desde la absoluta ignorancia: ¿cómo funcionan los sentidos en un suburbio francés? ¿Por qué las caras de la Policía y la Muchedumbre pueden llegar a ser una sola? ¿Es el odio explícito patrimonio exclusivo de una clase social? La película nos muestra un día en la vida de sus tres personajes principales, mientras un amigo suyo agoniza en el hospital a causa de un balazo policial. Uno de los tres tiene en su poder el elemento más importante de la historia. Desde ese lugar, Kassovitz nos cuenta una película narrada de una manera exquisita, con una fluidez memorable, gracias a la excelente utilización repetida del plano-secuencia. 


La catalogaron como película social, y así fue a Cannes. La etiqueta es, a priori, poco certera. Yo diría que es injusta. El odio es una película que habla, principalmente, desde la puesta en escena. Kassovitz confesó que sabía, desde el principio, que por más interesante y actual que resultaran el argumento y el guion, la película no iba a funcionar sin una puesta en escena tan impresionante como la que logró. Y es a partir de allí que pienso que El odio está muy lejos de la tristeza de Los 400 golpes, la obra maestra de Truffaut. Es una película como pocas en Europa y, sobre todo, en Francia, donde, en ese momento (y por qué no ahora también), el cine era un ejercicio cinematográfico más personal. De ahí, entre otros muchos méritos, la importancia y lo imprescindible de su existencia.