Hasta aquí todo va bien

Sobre El odio de Mathieu Kassovitz




El odio (La haine, 1995) es una película específica; y por específica, universal. Pero cabe una aclaración: no pretende dar consejos ni realiza valoraciones morales de ningún tipo. No está a favor de la violencia, pero tampoco está en contra. La película de Kassovitz, en ese sentido, no se sumerge en afirmaciones baratas. 






La relación entre el odio y el ser humano es una relación que tiene como condición necesaria a la sociedad: es una relación cultural. Lejos de entender la relación humano-odio en términos biologicistas, en La haine vemos una búsqueda que se plantea, desde el principio, sincera: partimos, junto con la película, desde la absoluta ignorancia: ¿cómo funcionan los sentidos en un suburbio francés? ¿Por qué las caras de la Policía y la Muchedumbre pueden llegar a ser una sola? ¿Es el odio explícito patrimonio exclusivo de una clase social? La película nos muestra un día en la vida de sus tres personajes principales, mientras un amigo suyo agoniza en el hospital a causa de un balazo policial. Uno de los tres tiene en su poder el elemento más importante de la historia. Desde ese lugar, Kassovitz nos cuenta una película narrada de una manera exquisita, con una fluidez memorable, gracias a la excelente utilización repetida del plano-secuencia. 


La catalogaron como película social, y así fue a Cannes. La etiqueta es, a priori, poco certera. Yo diría que es injusta. El odio es una película que habla, principalmente, desde la puesta en escena. Kassovitz confesó que sabía, desde el principio, que por más interesante y actual que resultaran el argumento y el guion, la película no iba a funcionar sin una puesta en escena tan impresionante como la que logró. Y es a partir de allí que pienso que El odio está muy lejos de la tristeza de Los 400 golpes, la obra maestra de Truffaut. Es una película como pocas en Europa y, sobre todo, en Francia, donde, en ese momento (y por qué no ahora también), el cine era un ejercicio cinematográfico más personal. De ahí, entre otros muchos méritos, la importancia y lo imprescindible de su existencia.