Que los maten a todos: el mundial ya terminó


1. Este mundial, como todos los mundiales, dio para todo. Están las personas que piensan que alentar por una selección de jugadores de fútbol arbitrariamente elegidos por un entrenador arbitrariamente elegido por Grondona y su séquito —los principales responsables de la masacre y la tristeza en la que se ha convertido el fútbol argentino— es hacerle honor a la patria. Están las que piensan que aquellas personas que no entran en la euforia de la argentinidad son la peor mierda del mundo. Están las que piensan que el partido final era algo así como los negros contra los rubios. Bueno, algo un poco ridículo. Están las que dicen que la culpa la tuvo el referí, que Codesal volvió en forma italiana para cagarle la vida al pueblo argentino, que es siempre el blanco a destruir en cada mundial. Están aquellas a las que el miedo a que las tilden de gorilas o de elitistas las conduce a sentir cierta necesidad de pertenecer al sentimiento popular y, no importa cómo ni de qué manera, se sumergen en las aguas de las mayorías. Allá ellas.

2. Por suerte, el mundial terminó y el 80% va a dejar de hablar de “fútbol”, si es que en algún momento lo hicieron. La selección, dentro de sus limitaciones, hizo un buen torneo. Llegó a la final y eso no es poca cosa. Conceptualmente jugó un fútbol mezquino y aburrido, un fútbol conservador. Ya sé, lo de siempre: el fútbol del mundial es fútbol para la gilada. No alcanza con eso, o porque todo el fútbol es para la gilada —un nosotros que da miedo— o porque el de Alemania no lo fue. Tanto esta Alemania como la España de los últimos años tienen un ineludible punto en común: Pep Guardiola. Aquella selección española se basó en el Barcelona. Esta Alemania se basó en el Bayern Múnich. Las dos jugaron el mismo estilo: posesión, buscar —siempre que estén dadas las condiciones— las asociaciones colectivas, las triangulaciones. Alemania, como aquella España, jugó al fútbol. Ganó jugando al fútbol. Ganó porque quiso ganar, porque no especuló, porque confió en sus principios deportivos, porque fue fiel a una idea y no a un mero conglomerado de buenos jugadores en busca de un resultado aislado. Ganó el juego asociado, el balón por el piso, el arriesgar: ganó la noción olvidada de jugar

3. Se terminó todo (por suerte): el putear a los brasileros, a los uruguayos, a los chilenos, a los alemanes, a cualquier otra persona que no sea argentina apoyándonos en una sola idea: la artificialidad: creer que compartimos la misma sangre, la misma tierra, los mismos códigos, los mismos valores. La artificialidad de creer que a toda esa anterior artificialidad la puede representar un grupo de millonarios que ni siquiera juega al fútbol en Argentina. Terminó, y todas las personas vuelven a la normalidad: algunas rechazarán los insultos homofóbicos como lo hacen cuando es necesario aparentar alguna que otra cuestión; otras volverán a rechazar los cantos xenofóbicos; y las demás volverán a su ordinario lugar desde el cual justifican todo a través del “folclore”. Es así, lamentablemente, como funciona esto: volvemos a la normalidad, suprimimos la ficción: se volverá a pedir, como se ha hecho siempre que hubo lugar, que los maten a todos.