La casa de papel

Sobre el libro de Carlos Domínguez




Me llegó a través de un amigo con el que siempre intercambiamos libros y opiniones. Vino de la mano de Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin, el plato principal. Sospecho que las breves setenta páginas de La casa de papel me sedujeron, y comencé a leer esta novela corta de Carlos María Domínguez (de quien no conocía absolutamente nada), relegando a un segundo lugar al libro de cuentos de Schweblin. Inconscientemente o no, la idea de dejar lo mejor para el final se hizo presente.

Ahora, después de haber leído La casa de papel, puedo dudar de dicho postulado. En algún sentido, busqué encontrarme con un relato simpático, entretenido, pero no mucho más. Sin embargo, me encontré con un Domínguez (Carlos, no Claudio) que escribe de manera sutil, aunque en el fino límite entre la simplicidad y la complejidad sintáctica, con una sencillez admirable —incluso cuando hace uso de metáforas no tan amenas—, una historia que representa algo más que entretenimiento y simpatía.

La casa de papel habla de libros y, sobre todo, de bibliófilos. En una época donde el soporte digital intenta aterrizar de lleno sobre el formato tradicional, la lectura de esta novela corta resulta interesante, quizá necesaria. La historia, que empieza en Inglaterra pero se mueve entre México, Argentina y Uruguay, trata sobre el fetichismo bibliófilo, la necesidad y el placer de tener siempre con nosotros eso que en algún momento nos marcó, pero quizá nunca volvamos a tocar: un libro (ese libro). Alrededor de estas manías, puede suceder que un libro se convierta en asesino o en hogar, puede suceder que te dé la cuota de razón que te falta o puede que te vuelva loco.

«A menudo es más difícil deshacerse de un libro que obtenerlo. Se adhieren con un pacto de necesidad y olvido, tal como si fueran testigos de un momento en nuestras vidas al que no regresaremos. Pero mientras permanezcan ahí, creemos sumarlos. He visto que muchos fechan el día, el mes y el año de la lectura; trazan un discreto calendario. Otros escriben su nombre en la primera página, antes de prestarlos, anotan en una agenda al destinatario y le añaden la fecha. He visto tomos sellados, como los de las bibliotecas públicas, o con una delicada tarjeta del propietario deslizada en su interior. Nadie quiere extraviar un libro. Preferimos perder un anillo, un reloj, el paraguas, que el libro cuyas páginas ya no leeremos pero conservan, en la sonoridad de su título, una antigua y tal vez perdida emoción.»[1]
«Las relaciones de la humanidad con estos objetos resistentes, capaces de atravesar un siglo, dos, veinte, vencer si se quiere, la arena del tiempo, nunca fueron inocentes. Han adherido a la fibra de la madera, blanda e inquebrantable, una vocación humana.»[2]


Es inevitable pensar en Fahrenheit 451. Sin ánimo de esbozar una comparación entre las obras, me arriesgaría a decir que leer La casa de papel sería algo así como leer la novela de Bradbury pero en diagonal (o al revés), alternando fuego y cemento, destrucción y construcción, amor y censura. Recomendarla no cuesta nada, y por eso la recomiendo: porque se ha ganado de manera legítima un lugar de respeto entre la literatura rioplatense.




[1] Domínguez, Carlos María, La casa papel, Buenos Aires: Punto de lectura (2007), p. 16.
[2] Ibíd., p. 56.