Sobre la «inseguridad» en Sarandí


1. Hace varios meses que Sarandí viene siendo víctima de lo que comúnmente se denomina «inseguridad». Ya dejó de escucharse el «le robaron al amigo de un amigo» y pasamos directamente al «me robaron el celular», «a mi vieja le partieron la nariz para sacarle cien mangos» y postulados por el estilo (y aun más graves). Esa es la realidad y ya no existe quien la niegue. Se hizo tan evidente y real que ni los más necios se atreven a desmentirlo. Pasamos directamente de «enterarnos»  de tal o cual robo a ser los desgraciados protagonistas.

2. Hablar y debatir sobre delincuentes y derechos humanos es un tema complicado, ya que existen muchísimas personas que afirman que la culpa es de «esos negros a los que no les importa nada y te matan por dos pesos». Se realizan marchas y manifestaciones de todo tipo exigiendo más policías y más cámaras de seguridad. Se exige más mano dura. El problema de este tipo de posiciones radica no sólo en su pronunciada discriminación sino también en un análisis absolutamente superficial de una realidad que, aunque les pese, resulta mucho más compleja de lo que pretenden; no se trata de los malos robándole a los buenos: se trata de años y años de descomposición social y cultural, de años y años de mentiras y políticas nefastas que, en cierto sentido, nos convierten a todos en víctimas: el que es robado y el que roba están más o menos en el mismo lugar. (Plantear esto no significa suprimir responsabilidades: las personas pueden ser buenas o malas, pueden lastimarte o matarte sólo para robar tu miserable salario, y el hacerse cargo de tal o cual acción aparecería, en este sentido, como lo necesario. Pero para hablar de esto hay que traer, como mínimo, a Sartre.)

3. Por otro lado, están aquellas personas que son las que discuten contra ese discurso derechoso que pide mano dura; por lo general, al menos en Sarandí, vienen del palo del kirchnerismo. Siempre es lindo y placentero gritarle cosas feas al gorilaje y a la derecha, y en eso estoy de acuerdo. Pero el problema empieza cuando, levantando la bandera de lo que se piensa como una década ganada, se peca de hipocresía. En cada discusión se nombra a Cristina, a la Asignación Universal por Hijo, a las placitas que Ferraresi pintó de verde, y no se discute lo que realmente se debe discutir: por qué, si nuestros representantes son tan buenos y sus medidas tan populares, se llega a esta ola prolongada de robos violentos (que ha terminado en heridas graves e incluso muertes) en una zona donde, si bien siempre estuvo lejos de ser paradisíaca, se podía caminar relativamente tranquilo. Lejos de complejizar seriamente sobre esto, se habla del poder mediático o de las escuelas pintadas y se sigue esquivando lo importante. El choque de estas dos posiciones no le hace nada bien al debate que hay que dar. Se transforma en una lucha encarnizada entre dos posiciones que parecen salidas de una tribuna de hinchas de algún equipo de fútbol.

4. Esta capacidad de evadir lo importante y quedarse siempre en el análisis superficial, no hace más que darle de comer a los principales culpables de esta situación: la Policía y los contactos políticos que tiene como apoyo. Los unos dicen que no hay los suficientes efectivos o patrulleros o que hacen falta cámaras de seguridad. Los otros les contestan, con razón, que desde hace un par de años a esta fecha la cantidad de efectivos y patrulleros y cámaras de seguridad aumentó bastante, incluso llegando a crearse el proyecto de la Policía Municipal de Avellaneda. Es decir: un opositor exige mano dura y un oficialista infla el pecho enumerándole los logros en ese sentido. Así de absurda es la discusión que se está dando en Sarandí, mientras no se habla realmente ni de una zona liberada ni de responsabilidades políticas concretas.