La Antígona de Jean Anouilh


No quiero comprender. Eso está bien para usted. Yo estoy aquí para otra cosa que para comprender. Estoy aquí para decir que no y para morir.
¡Todos ustedes me dan asco con su felicidad! Con su vida que hay que amar cueste lo que cueste. Como perros que lamen todo lo que encuentran.


Robert Waelder: El sexo de Freud


El sexo de Freud, ensayo del filósofo vienés Roberto Waelder (1900-1967) es una buena entrada a los postulados principales del Psicoanálisis. El autor empieza con una contextualización de la irrupción de Freud en el mundo de la psicología, narrando las peripecias de la hipnosis y el frío intelectual con el cual fueron acogidas las ideas de quien luego se conviertiera en el padre del psicoanálisis.

El ensayo radica en ir, paso a paso, elevando la teoría psicoanalítica como algo mucho más superior y complejo que un simple método terapéutico. Desentrañando conceptos como el ello, yo y superyó, y situando a Freud en un marco científico/filosófico determinado.

Waelder pinta, con un estilo sencillo y directo, una introducción de una claridad sorprendente: «la terapia es abolir las represiones, hacer consciente el inconsciente, y dar así al yo maduro la posibilidad de resolver esta vez sus conflictos, haciéndolo de una manera sólida. De este modo es evocado el pasado y desposeído de su poder. Donde estaba el ello, se coloca el yo, éste es el objeto del análisis». Y agrega: «más allá de su simple función terapéutica, el psicoanálisis es capaz de influir sobre el llamado carácter neurótico, es decir, sobre rasgos del carácter que antes de Freud nadie soñaba con considerar patológicos y eran aceptados como cualquier otro hecho desagradable de la naturaleza».

Waelder no se queda con eso y dice: «el psicoanálisis sobrepasa los límites de los intereses individuales para atacar a los intereses generales de la humanidad». Y es que de esto está convencido: el psicoanálisis es, también, una herramienta importante para el análisis de la evolución humana. Con todas las limitaciones de época y síntesis, este trabajo representa una entrada más que valorable para el que quiera iniciarse en el conocimiento de la obra de uno de los pensadores más importantes del siglo XX.

UNA MUJER ES UNA MUJER

Sobre la segunda película de Jean-Luc Godard


1. Una mujer es una mujer (1961) es, valga la redundancia, una película de Godard. Digo esto porque es de esas películas en las cuales se nota en todo momento la presencia de un director de cine detrás de todo ese artificio general, la impronta narrativa del sujeto que dirige. Y es tal vez una de las películas más divertidas del genio francés, gracias a la magia de una Anna Karina deslumbrante y un juego de contrastes humorísticos notable: desde una guerra de insultos a través de tapas de libros hasta interminables discusiones y circunstancias absurdas.

2. Godard, al igual que en su primera película (Sin aliento, 1960), vuelve a parodiar a los géneros cinematográficos. En aquel caso se apuntaba a jugar con el cine negro clásico, y en este caso es la comedia musical (y ambos géneros por separado) la principal «víctima». Es necesario aclarar que el término «víctima», en este caso, contiene en su interior una ambigüedad de sentido: por un lado, la parodia es utilizada para discutir con lo parodiado, para pensar la situación del cine en ese contexto (bien haríamos en recurrir al Formalismo Ruso para entender un poco cómo funciona tal mecanismo); y, por otro lado, ésta no aparece exenta de cierta admiración u homenaje (aunque esto pueda notarse mejor en Sin aliento). Una mujer es una mujer, al parodiar cuestiones centrales de la comedia y el musical, pone en cuestión los estereotipos esenciales que se juegan en estos géneros, como, por ejemplo, el de cierta mujer como cosa que sufre y llora y no para de equivocarse hasta encontrar una salida milagrosa a su vida sentimental.





3. La intertextualidad y las referencias también en esta película ocupan un lugar importante. Los títulos del comienzo, libros que aparecen con una normalidad envidiable o algunas enunciaciones de los protagonistas son una muestra relevante. Godard es un experto en esta cuestión, evitando cierto tipo de pedantería, aunque el personaje de Belmondo diga algo así como «no sé si esto es una tragedia o una comedia, pero es una obra maestra».

4. Forma. Una mujer es una mujer juega con la música y su condición diegética y extradiegética, da vuelta lo establecido, corta la música de un show para que escuchemos a un personaje, le pone banda sonora a los gestos de otro. Es decir: rompe con las cuestiones centrales del musical y logra algo nuevo, joven en todo sentido. Lo mismo sucede con el montaje, pero llevado a otro plano, como si el artificio de pegar planos se hiciese visible. También aparecen textos impresos sobre escenas, explicando qué le sucede a cada personaje en una situación determinada. 4.1. Más allá de la subjetividad del gusto puro, hay una cuestión objetiva: Godard innova, aporta aire fresco. Pasaron más de cincuenta años y nos sigue sorprendiendo. Godard aporta juventud, y lo digo así: en tiempo presente.