18/05


Antes de ser feminista, un hombre tiene que poder aceptarse a sí mismo en el papel de opresor. Si uno no se admite como tal, es imposible ser consecuente más allá del discurso. 

Hay que poder desnaturalizar, sin mayor esfuerzo, esas «miradas inofensivas», esos «piropos con respeto», esas actitudes que parecen triviales; tenemos que abandonar esa rusticidad patriarcal que adoptamos al hablar de y con las mujeres: tiene que estar presente, en todo momento, la idea de que actuamos, desde nuestro aparentemente inofensivo y natural lugar, como el jefe que nos explota o como el policía que nos maltrata. Si no aceptamos que el papel que nos ha tocado es el de oprimir a las mujeres, es imposible acompañar la lucha por la igualdad de género. 

Es necesario asumir que nacimos y nos educaron como machos: para que la mujer deje de ser lo Otro, debemos aceptar que nos beneficiamos a cada momento desde la comodidad de ser lo Uno y, a partir de este reconocimiento, combatirnos.