Lo único que estoy pidiéndome a mí mismo, lo único que he comenzado a pedirme y aun a exigirme, es la acción; tanto la acción de este tipo —escribir modestamente dos carillas— como la salida al mundo exterior, aunque sea caminar dos o tres cuadras para comprar cigarrillos. Debo luchar contra las fobias y contra la inmovilidad, la pasividad, sobre todo porque detrás de esta pasividad se oculta una poderosa fuerza destructiva. Sería preferible que rompiera objetos, que hiciera cualquier cosa antes que continuar en un estado insensato de espera, durante el cual nada se va a resolver, y yo voy a seguir acumulando frustración y rabia. La rabia ya no está dirigida hacia nadie en particular, salvo, creo, yo mismo. Si bien las circunstancias son un cúmulo de desastres y de situaciones desagradables, mi mala respuesta a las mismas —lenta, torpe, insegura— sólo consigue agravar esas circunstancias y complicar aún más la posibilidad de soluciones.