Estos miserables ven resplandecer los tesoros del tirano, admiran boquiabiertos su esplendor y, atraídos a su vez por su magnificencia, se aproximan a él sin caer en la cuenta de que se meten en la llama que inexorablemente los consumirá. 
Los médicos dicen que es inútil intentar curar llagas incurables, y quizá por eso no actúe yo con sensatez al intentar hacer reflexionar a aquellos que han perdido desde hace mucho tiempo todo conocimiento y ya no sienten el mal que los aflige, pues eso confirma que su enfermedad es mortal. Procuremos descubrir, no obstante, si podemos, cómo se arraiga esa pertinaz voluntad de servir que podría dejarnos suponer que, en efecto, el amor a la libertad no es un hecho natural.
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio,
o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas
de sus días y sus noches.
De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar
ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con
qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas
telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:
“El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto,
etc., etc.”
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de
trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de
literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la
violencia de un “ cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “ que los
eunucos bufen” .
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente
a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora,
hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero... mientras
escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará: “El amor
brujo” y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.